El monstruo de las Butachauques y el desafío de la comunicación científica

Es prácticamente imposible pensar en Chiloé sin hacer un vínculo con su mitología. Brujos que tiran maleficios, seres deformes que viven en el bosque, tesoros escondidos y hasta un barco fantasma son parte de ese rico bagaje cultural que ha cautivado a miles a lo largo del tiempo. No obstante, en ocasiones no son necesarios los cuentos o leyendas para contar una historia sorprendente. Se dice que la realidad supera a la ficción y esta parece no ser la excepción.

Corría el ya lejano verano de 1991, específicamente el mes de febrero, cuando una curiosa situación rompió la rutina de los residentes de Aulín, una pequeña isla en el mar interior de Chiloé perteneciente al archipiélago de las Chauques. Por esos días una extraña criatura o más bien lo que quedaba de ella varó en una playa del sector. Lo ocurrido con posterioridad fue expuesto por los amigos del blog Marcianitos Verdes (BMV) quienes recopilaron los antecedentes de la prensa de la época y que ahora les presento.

Ubicación de la isla Aulín

Eduardo Olmedo, un contador que se encontraba de vacaciones en la zona, al escuchar acerca de la criatura, viajó al lugar para dar cuenta personalmente del hecho. No sólo tomó fotografías, sino que también se llevó un fragmento que recordaba al de un diente. En sus palabras:

La piel presenta un color rojizo, como si se hubiera asado al sol. Esa fue una de las características que me llamó la atención, no sé si ese era el color real de la carne, pero incluso se podía detectar la presencia de elementos aceitosos. También el cuerpo presentaba una enorme hendidura como un gran golpe en la zona más atrás de la cabeza. Por ahí manaba algo como aceite. La cola está dividida en dos partes, una que iba hacia arriba y otra con pelos, como de una escoba hacia abajo. Yo me traje lo que tal vez pueda ser un diente, un elemento filudo de más o menos una cuarta, que también tiene algo como un hueso.

Los restos varados en la playa

 

Deseoso de averiguar la verdad, Olmedo llegó a Puerto Montt buscando la opinión de un experto que pudiera resolver el enigma. El destino fue el Instituto Profesional de Osorno (IPO), creado a partir de la fusión de las sedes locales de las universidades de Chile y Técnica del Estado y precursor de la actual Universidad de Los Lagos. El consultado fue el biólogo marino Francisco Orellana.

A primera vista lo que estamos viendo se asemeja a un diente, pero con características completamente distintas a los que conocemos con raíces y una determinada forma que encaja en una cavidad ósea. La diferencia está en que el diente de este animal prehistórico está ligado a una estructura cartilaginosa, lo que da la impresión de que se trataría de un colmillo con movimiento. Tiene una base que es una parte osificada y luego viene el cartílago lo que da la impresión de que esto funcionaría en forma movible. Insisto que estamos frente a una estructura típica de un diente que es ósea e inmóvil, pero me da la impresión que por la estructura se trata de algo movible.

La flecha indica la pieza identificada como un diente

Sí, leyeron bien. Dice “animal prehistórico” sin tapujos. No muy convencido, Olmedo realizó una nueva expedición al sitio, esta vez acompañado del propio Orellana y un equipo  del diario La Tercera que cubría la noticia.

Un detalle. Tal como mencioné, Aulín es parte del grupo Chauques, cuya mayor isla es Butachauques. Por deformación el asunto comenzó a ser conocido como el “monstruo de las Butachauques” en referencia a la isla principal del archipiélago. Por su aspecto el ser fue bautizado como “jirafa marina” por los lugareños.

Así se imaginaban los habitantes de Aulín a la criatura

Otra que metió la cuchara fue Elba Briseño (sic), ingeniera pesquera y consultora en asuntos de pesca, quien opinaba:

Pienso que lo más  probable es que se trate de algún reptil. Normalmente el pelo es lo último, junto con los huesos, que se termina por descomponer y realmente la cantidad de pelo que se puede apreciar en las fotos a mí me hace pensar en otro tipo de estructura. De hecho los reptiles no tiene pelo.

Por un lado tenemos un reptil y por otro un animal prehistórico. Clarito. ¿Es que no había nadie capacitado para hablar con propiedad del tema? Preguntando se llega a Roma. Mejor aún, a José Yáñez, especialista del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), que puso las cosas en su lugar. Tras revisar las fotos publicadas señaló:

Las vértebras que se aprecian  en las fotos corresponden a las del tipo anficélicas (cóncavas en los dos lados), que son características de los peces. Incluso podrían ser restos de un tiburón de profundidad, pero no es correcto aventurar hipótesis si no se examina la extraña especie en el terreno.

José Yáñez

Al fin un análisis más razonable que hablaba de un probable pez o tiburón, porque si seguíamos la tendencia quizás ya estaríamos nombrando seres extraterrestres. Los datos periodísticos de BMV llegan hasta acá, sin tener una conclusión definitiva. ¿Sería este un nuevo “caso celacanto”? SI no lo habían escuchado, el celacanto es un pez que se creía extinto hace unos 80 millones de años, hasta que en 1938 fue hallado un ejemplar vivo en el sur de África.

Sin embargo, esto no se quedaría así. En un esfuerzo de producción, les traigo una carta publicada en la Revista Chilena de Historia Natural el mismo año 1991, escrita por Juan Torres-Mura, de la sección de Zoología del MNHN. El texto lo dice todo, disfrútenlo.

<< El viernes 1 de marzo de 1991, un diario capitalino trajo la noticia del hallazgo en la isla Aulín, del grupo Butachauques, Chiloé, de un gran animal marino, el que, según opinión de un biólogo, podría “ser un vertebrado prehistórico, un reptil, un ancestro del tiburón o un mamífero primitivo”. El 3 de marzo, entrevistado por el mismo diario, un zoólogo del Museo Nacional de Historia Natural descartó la idea de que se tratara de un fósil y pidió que no se usara el término “animal prehistórico” por no ser adecuado, sosteniendo que, de acuerdo a las fotografías que él observó, se trataría de un pez o de un tiburón. A pesar de ello, el 6 de marzo otro diario habla de un reptil marino, el que pertenecería a una especie extinguida hace unos sesenta millones de años. De acuerdo a esta publicación, esta conclusión fue entregada a la prensa “por un equipo de científicos del instituto profesional (sic) de Osorno- IPO, quienes se trasladaron hasta el lugar para verificar y estudiar el hecho. Se trataría de un ictiosaurio, reptil marino extinguido al final del período mesozoico hace unos sesenta millones de años, de piel muy dura y esqueleto cartilaginoso… “. Se agrega que una “experta en mamíferos marinos y paleontología en vertebrados del Instituto Profesional de Osorno, sede Puerto Montt, indicó que en su opinión el animal estaba vivo al momento de alcanzar la pequeña playa de Aulín, hipótesis que fue confirmada por lugareños que declararon haber visto agonizar al extraño animal, al que consideran un ser de la mitología chilota”. El domingo 10 de marzo el principal noticiero de un canal de televisión de cobertura nacional hizo un reportaje al respecto, mostrando los restos de lo que denominó un raro animal prehistórico. En él, el mismo biólogo del IPO entrevistado antes por la prensa escrita declaró que estaban estudiando los restos, que era cartilaginoso y con gonopodios, que no sabían bien qué era, pero que podía tratarse de un reptil. Luego la bióloga marina, mencionada antes como experta en paleontología, sostuvo que podría tratarse de un ictiosaurio o un plesiosaurio y que en su opinión el animal llegó vivo a la playa. El periodista hizo también alusión al denominado “Nessie o monstruo del lago Ness”, en Escocia. A través de las agencias de prensa la noticia trascendió al exterior (paleontólogos del Museo de La Plata preguntaron insistentemente a un colega chileno de qué se trataba el hallazgo).

El 21 de marzo, el suplemento de ciencia y tecnología de un diario capitalino aclaró el misterio entregando informaciones sobre la biología del mentado animal. El biólogo de la Universidad Austral J. Lamilla determinó que el animal varado en Aulín era un tiburón peregrino (Cetorhinus maximus), el que estaba completamente descompuesto cuando se le descubrió. El biólogo Lamilla tiene experiencia en este tipo de cosas: “Una vez se habló de que habían encontrado esqueletos de extraterrestres en Iquique. Y yo aclaré que eran cráneos de tiburones”. De acuerdo a los biólogos del IPO, citados en esta publicación, un tiburón peregrino varó cerca de Ancud en diciembre de 1988. Cabe mencionar que la presencia de esta especie en la fauna chilena es conocida desde antiguo por los pescadores de la zona central y es mencionada por nuestra literatura científica en la década del 40.

Este “ictiosaurio” de las Butachauques puede ser una muestra de malinterpretación por parte de la prensa (desde el punto de vista de los biólogos entrevistados) o un intento de manejar publicitariamente una noticia aún a costa de hacer creer en una falacia (desde el punto de vista del público). Pero también indica que a pesar de los alentadores ejemplos contenidos en la carta de Schmiede y Abarca y en la presente, aún queda un largo camino que recorrer en materia de educación. No es raro el comentario sobre los científicos que se comunican sólo entre ellos y no llegan al público común. Frente a los monstruos se debe actuar como San Jorge contra el dragón y combatir tanto la ignorancia como los manejos que la prensa puede hacer para vender su producto (diario, noticiero, etc.). Para ello es necesario que los científicos dediquen algún tiempo a la difusión de sus conocimientos y descubrimientos, ya sea a través de entrevistas, artículos en periódicos o cartas al director. Muchos comunicadores se quejan que al no poder acceder a los científicos, tienen que basarse en la información que entregan aficionados, la que puede estar errada. En general, los lugares donde se hace investigación científica también tienen entre sus misiones la educación y difusión del conocimiento que la investigación genera. El ejemplo de las Butachauques es un llamado a los biólogos a meditar en su sol como educadores >>

Más claro echarle agua. La citada carta de Schmiede y Abarca hace referencia a hallazgos similares ocurridos en otras partes del país que fueron resueltos casi inmediatamente incluso por gente no experta gracias a una observación rigurosa y metódica, contrastando con este verdadero bochorno comunicacional, al que el autor le asigna una responsabilidad compartida: la de los medios tratando de tener la exclusiva y la de los científicos por no preocuparse de hacer llegar el conocimiento al público general. La distancia en el tiempo hace imposible siquiera especular con las intenciones de los consultados, tomando en cuenta que no pocas veces a los especialistas también les pica el bichito de la fama. Tampoco se puede cuestionar sus credenciales, pero al parecer la prudencia no estuvo entre las consejeras.

En 2016 durante la crisis de la marea roja en esta misma zona se citó hasta el cansancio a un biólogo marino, apoyado por una conocida organización, que denunciaba las malas prácticas de las salmoneras y que suponía una relación con la proliferación de microalgas. Sin embargo se descubrió que el biólogo marino no era tal y que ni siquiera su nombre era el que decía tener. Hasta ahí llegaron las charlas y apariciones del susodicho en los medios, pero el daño ya estaba hecho. Al parecer a más de un cuarto de siglo de lo acontecido en Butachauques no se ha avanzado mucho, ya que ante cualquier evento llamativo se consulta a cualquiera sin revisar sus antecedentes para tener una base mínima de confianza. Porque ahí están siempre merodeando aquellos que nunca dan puntada sin hilo. La comunicación de las ciencias es siempre motivo de cuidado, especialmente en tiempos donde las fake news se reproducen como plaga.


Referencias:

Juan C. Torres-Mura, 1991: “Observadores biológicamente entrenados, el monstruo de las Butachauques y el rol de los biólogos como educadores”, Revista Chilena de Historia Natural 64: 377-380

Blog Marcianitos Verdes:
“El monstruo del loch Ness. Los primos de Nessie”

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