Eltanin: un tsunami caído del cielo

La mañana del 17 de agosto un fuerte estruendo remeció a los habitantes de la Región de la Araucanía. Con el transcurrir de los minutos se fueron descartando diferentes motivos: una tormenta eléctrica, el despertar de un volcán o el paso rasante de aviones de combate. Analizados los antecedentes, se llegó a la conclusión de que muy probablemente se trató de un cuerpo espacial, de dimensiones desconocidas, que originó una onda de choque sónica al ingresar a la atmósfera con una velocidad de miles de kilómetros por hora. La cobertura nubosa impidió recabar más datos como el lugar de caída, si es que llegó a la superficie, o su trayectoria.

A pesar de lo impactante que puede ser para la población, este tipo de fenómenos es bastante habitual en nuestro planeta. Todos los días una infinidad de fragmentos espaciales se desintegran en la atmósfera sin causar alteraciones. Algunos son visibles como “estrellas fugaces”, cuyo tamaño se asemeja al de un grano de polvo. Otros, más grandes, pueden sobrevivir y llegar a la superficie, en ocasiones golpeando autos, casas o incluso personas. Si seguimos aumentando el tamaño, provocarán un estallido similar al de la Araucanía o aún peor, como el de febrero de 2013 en Rusia que hizo reventar ventanales lastimando a centenares de personas. Peores consecuencias tuvo el impacto en Tunguska, también en Rusia, en 1908 que arrasó miles de kilómetros cuadrados de bosque, aunque si hubiese ocurrido unas pocas horas después habría explotado sobre ciudades europeas. Ni hablar del que extinguió a los dinosaurios hace 65 millones de años.

Clasificación de los diversos cuerpos celestes que caen en la Tierra – Educar Chile

El USNS Eltanin era un rompehielos de la Armada de Estados Unidos reconvertido en buque de investigación en 1962. Durante los años siguientes se dedicó a recopilar antecedentes y muestras del fondo oceánico, en una tarea enmarcada en esfuerzos a nivel mundial que permitieron confirmar la teoría de la deriva continental. Su trabajo se concentró en los fríos mares australes cercanos a la Antártica. A mediados de la década de los 70 pasó a manos de la Armada Argentina, donde pasó a mejor vida en 1979 bajo el nombre de Islas Orcadas. En 1981, una publicación en la revista Nature reveló que una muestra extraída en 1964 por el Eltanin contenía elevados índices de iridio, un elemento raro en la Tierra, pero muy abundante en los asteroides. ¿Se había encontrado un impacto cósmico desconocido? Instalada la duda, aún faltaba un largo camino por recorrer.

USNS Eltanin – U.S. Navy

Las muestras provenían de una zona ubicada a unos 1400 km al oeste de Cabo de Hornos, en el Mar de Bellingshausen, a casi 5 mil metros de profundidad. Los elevados niveles de iridio se encontraron en fragmentos, tanto semifundidos como en pequeños trozos inalterados por el impacto, localizados en al menos 6 partes separadas hasta 600 km entre ellas. En particular, se identificó el objeto como un mesosiderito, es decir, que presenta una proporción de metal y roca de aproximadamente 50-50.

Ubicación del lugar donde se extrajeron las muestras y posible sitio de impacto – Gersonde et al (1997)

Ahora bien, lo primero que imaginamos cuando pensamos en el choque de un cuerpo espacial es en el cráter que dejan al golpear la Tierra. A pesar de que las evidencias muestran que sí hubo un impacto, no existe ningún cráter ni estructura similar en el sitio Eltanin, como fue denominado. ¿Cómo es posible? Recordemos que estamos hablando de un lugar en el que el fondo oceánico se encuentra a miles de metros bajo la superficie. El asteroide, al impactar el agua, disipa mucha energía sólo en la vaporización de ella, produciendo seguramente una gran nube en toda el área. Además, debe tener suficiente energía para dejar una huella perdurable en el lecho marino: el cráter. Los estudios sólo pudieron identificar una impregnación de agua salada en algunos fragmentos, pero ninguna prueba de que el fondo haya sido perturbado más allá de una remoción de sedimentos. Más aún, varios de los restos se estima fueron depositados después del impacto en forma de fallout o lluvia de escombros, incluso simplemente trasladados por las corrientes marinas.

Es aquí donde entran en juego los modelos, que tienen la misión de explicar, en base a los datos conocidos, las características del impacto. Estos han variado a lo largo de los años, pero siempre tomando en cuenta un factor fundamental: la ausencia de un cráter. El tamaño del cuerpo ha oscilado desde unos 500 m en un inicio hasta los 4 km de diámetro, tamaño considerado límite para no alterar el fondo marino. Cálculos más recientes han acotado un poco más las dimensiones a un rango de entre 1 y 4 km, valores importantes si tomamos como referencia que el que ayudó a extinguir los dinosaurios hace 65 millones de años se estima en 10 km. Por otra parte, un evento de esta naturaleza debió haber originado, como es de suponerse, un tsunami. Su envergadura, si bien es variable de acuerdo al diámetro del meteorito, no deja de ser significativa. En promedio, los modelos indican olas de entre 25 y 40 m en mar abierto, lo que se traduce en 100 a 200 m o más al llegar a las costas de Sudamérica. Es lo que se conoce informalmente como un megatsunami. Dicho fenómeno tardaría en recorrer todo el océano Pacífico en casi 1 día, tal como sucede tras un terremoto en Chile con ondas que llegan a Japón y viceversa en casi 24 horas.

Modelación de la altura en metros del tsunami causado por el impacto Eltanin – UCSC

Con semejante muralla de agua golpeando las costas de medio mundo, es razonable pensar también que algún vestigio quedará en algún rincón de algún lugar azotado. La verdad es que parece que sí, pero también parece que no. Sucede lo siguiente: se han encontrado aparentes rastros en lugares tan diversos como la Antártica, Australia, Perú y, era de esperarse, Chile, por nombrar los más destacados. Los hallazgos tienen en común una marcada concentración temporal y espacial de depósitos de restos de organismos marinos en lugares cuya “única” explicación sería la del arrastre de un tsunami. Ahora toca contextualizar el asunto. la edad del impacto o evento Eltanin fue calculada en unos 2.15 millones de años, que lo ubica en las cercanías del límite entre las épocas geológicas llamadas Plioceno y Pleistoceno. La primera se caracterizó por ser un período muy cálido, con una temperatura promedio varios grados más alta que la actual. Los inviernos en ese tiempo eran similares a nuestros veranos, desapareciendo totalmente los hielos polares durante los meses calientes. Por esto mismo, el nivel del mar era también mucho más alto, siendo una posible explicación a la ubicación de los restos. Posteriormente se produce un cambio notorio en el clima, enfriándose hacia el Pleistoceno, en el que se registran las últimas grandes glaciaciones a nivel global.

¿Fue Eltanin el causante de tal enfriamiento? Un impacto de este tipo es capaz de inyectar grandes cantidades de SO2 a la atmósfera, que al igual que un volcán, puede hacer descender la temperatura del planeta de manera apreciable al combinarse con el oxígeno e hidrógeno del vapor oceánico expulsado en el choque para formar SO4. Sin embargo, este efecto sería temporal (algunos años) y aunque tuviese efectos muy dañinos en la flora y fauna, no explica totalmente un cambio tan drástico. Por esto es que, si bien los estudios revelan similitudes en la distribución de los organismos y las observadas en tsunamis recientes, se ha abierto la posibilidad de que Eltanin haya sido sólo un factor en el enfriamiento de la Tierra. Puede que los descubrimientos estén ligados al impacto, pero aún no se puede establecer con certeza el vínculo.

Arriba: Sitios con posible evidencia del tsunami Eltanin. Abajo: Detalle de los sedimentos hallados en Hornitos (izquierda) y Bahía Inglesa (derecha) en Chile. Las flechas indican cómo habrían sido depositados por el tsunami – Goff et al (2012)

El evento Eltanin es uno de los varios grandes eventos cósmicos que ha sufrido nuestro planeta, pero posee una característica que lo hace especial: hasta la fecha es el único impacto espacial que se conoce ocurrió en aguas profundas. Se han observado otros rasgos en el fondo marino de cientos de km que podrían tener un origen extraterrestre, pero ninguno ha sido confirmado. Es posible que haya quedado un cráter, pero tampoco ha sido identificado, ya sea porque no existe o la evidencia se encuentra a mucha profundidad. En 2012 se anunció el descubrimiento de un posible candidato de unos 130 km de diámetro, hallazgo que fue desacreditado por autores que han trabajado en el tema, principalmente por no haber detectado anormalidades en muestras extraídas de ese lugar.

Sitio en donde se postuló haber encontrado el cráter Eltanin, descartado por Gersonde et al (2012)

 

Los mismos que, parafraseando a Carl Sagan, afirman:

“En el caso del megatsunami de Eltanin, estamos buscando evidencia del único impacto conocido en el océano profundo de toda la historia de la Tierra y quizás un evento tan inusual requiera una explicación inusual”


Referencias:

J. Goff, C. Chagué-Goff, M. Archer, D. Dominey-Howes & C. Turney, 2012: “The Eltanin asteroid impact: possible South Pacific palaeomegatsunami footprint and potential implications for the Pliocene–Pleistocene transition”, Journal of Quaternary Science

R. Gersonde, F. T. Kyte, T. Frederichs, U. Bleil & G. Kuhn, 2003: “Reports of discovery of the ‘Eltanin Crater’ are contradicted by data”, Large Meteorite Impacts

S. N. Ward & E. Asphaug, 2002: “Impact tsunami–Eltanin”, Deep-Sea Research II 49

R. Gersonde, F. T. Kyte, U. Bleil, B. Diekmann, J. A. Flores, K. Gohlk, G. Grahl, R. Hagen, G. Kuhn, F. J. Sierro, D. Völker, A. Abelmann & J. A. Bostwick, 1997: “Geological record and reconstruction of the late Pliocene impact of the Eltanin asteroid in the Southern Ocean”, Nature Vol. 390

F. T. Kyte, L. Zhou & J. T. Wasson, 1988: “New Evidence on the Size and Possible Effects of a Late Pliocene Oceanic Asteroid Impact”, American Association for the Advancement of Science Vol. 241

F. T. Kyte, Z. Zhou & J. T. Wasson, 1981: “High noble metal concentrations in a late Pliocene sediment”, Nature Vol. 292

 

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