El evento Carrington: cuando la noche se hizo día en el mundo

24 de abril de 1984: El presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan, vuela rumbo a China a bordo del avión presidencial sobre el océano Pacífico. Súbitamente, la radio del Air Force One deja de funcionar, impidiendo todas las comunicaciones. Durante varias horas, una de las personas más poderosas del mundo estuvo totalmente aislada del resto del planeta. El responsable no fue un grupo terrorista ni un habiloso hacker informático, sino algo mucho más cotidiano y lejano: el Sol.

Nuestra estrella pasa por ciclos de unos 11 años de duración, en que transita entre 2 mínimos ó 2 máximos. El principal indicador de su actividad son las manchas solares, regiones en la superficie del Sol que se encuentran a menor temperatura, pero concentran una gran actividad magnética. Durante los máximos se puede divisar un elevado número de manchas, momento en el cual se hacen comunes erupciones de materia solar, llamadas comúnmente tormentas o llamaradas solares. Algunas de ellas involucran un fenómeno llamado “eyección de masa coronal” (CME), expulsión de plasma de la corona (atmósfera solar) en un flujo altamente energético como oleadas de partículas cargadas que chocan con el campo magnético de la Tierra. En este caso la tormenta pasa a denominarse geomagnética. Si bien ambos procesos son distintos, están estrechamente relacionados.

Interacción del viento solar con el campo magnético de la Tierra - Universidad de Waikato, Nueva Zelanda

Interacción del viento solar con el campo magnético de la Tierra – Universidad de Waikato, Nueva Zelanda

La intensidad de las llamaradas o fulguraciones se clasifica con letras, A, B, C, M y X, cada una 10 veces más fuerte que la anterior, seguidas de un número de acuerdo a su potencia. Así, pueden haber tormentas A1, C7 ó X20. Las tormentas geomagnéticas usualmente se miden en una escala que va de G1 a G5, según la severidad de sus efectos. Además existe un índice (Kp) que denota mediciones hechas cada 3 horas de la actividad geomagnética. Entre las radiaciones que podemos encontrar están los rayos X, usados para clasificar las primeras, y Gamma, la más poderosa. Como decía, las partículas interactúan con el campo magnético terrestre, de preferencia en los polos, causando las conocidas auroras, boreales o australes, según si son en el polo norte o sur, respectivamente, una auténtica lluvia cósmica.

Aurora vista desde el espacio - Agencia Espacial Europea (ESA)

Aurora vista desde el espacio – Agencia Espacial Europea (ESA)

En condiciones normales, este flujo energético, llamado viento solar, genera este luminoso espectáculo de manera que es visible en altas latitudes, rodeando el polo magnético, que no es el mismo que el geográfico. Por eso es que suelen ser apreciables desde Australia o Nueva Zelanda, pero raramente en Chile continental, incluso en su extremo más austral, restringiéndose al territorio antártico. En épocas de alta actividad solar, sin embargo, el panorama puede ser muy distinto.

Richard Cristopher Carrington era un joven astrónomo inglés de 33 años que llevaba ya un tiempo estudiando el Sol, especialmente las manchas solares, muy poco comprendidas en esa época. La mañana del jueves 1 de septiembre de 1859 dirigió su telescopio, ubicado en un observatorio junto a su mansión en Redhill, Surrey (Inglaterra), hacia un enorme grupo de manchas que había aparecido, cuya extensión calculó en unas 10 veces el diámetro de la Tierra.

La mansión y observatorio de Carrington - Clark (2007)

La mansión y observatorio de Carrington – Clark (2007)

Súbitamente, 2 zonas de intensa luz aparecieron desde la región en estudio. Pensando que era un reflejo, ajustó el instrumento, que proyectaba la imagen en una superficie, pero las luces persistieron. Menos de un minuto después, comenzaron a debilitarse hasta que finalmente desaparecieron. Carrington estimó su duración en unos 5 minutos y su recorrido en 4 veces y media al tamaño de nuestro planeta. Con esos datos calculó que la velocidad de propagación debió ser de unos 670 mil km/h, una cifra asombrosa incluso para los científicos de esos tiempos.

Dibujo de Carrington de las manchas solares el 1 de septiembre de 1859. A-B indican donde surgieron las luces y C-D donde desaparecieron - Clark (2007)

Dibujo de Carrington de las manchas solares el 1 de septiembre de 1859. A-B indican donde surgieron las luces y C-D donde desaparecieron – Clark (2007)

Aproximadamente 18 horas más tarde, los cielos de gran parte de la Tierra se vieron invadidos de auroras excepcionalmente brillantes, mientras las líneas telegráficas dejaban de funcionar y los cables chispeaban en muchas partes. Ya el 28 de agosto se habían registrado auroras en lugares inusuales por una primera tormenta solar, pero lo presenciado la madrugada del 2 de septiembre superó lo imaginable. La mayoría de las grandes capitales observó iluminarse el cielo, hasta en aquéllas ubicadas en latitudes bajas, como Madrid, Roma e incluso La Habana, y lo mismo sucedió en sitios tan alejados de los polos como Hawaii y otros sitios del Caribe. Recientemente se encontraron registros de avistamiento en Córdoba, Colombia, siendo la observación de auroras más alejada de los polos conocida hasta ahora.

Lugares que reportaron las auroras durante la madrugada del 2 de septiembre - NASA

Lugares que reportaron las auroras (rojo) y magnetómetros (azul) durante la madrugada del 2 de septiembre – NASA

Chile, como podrán pensar, no estuvo ausente de este magno evento. Uno de los principales relatos provino de un barco que surcaba las aguas cerca de la costa chilena, el Southern Cross. Tras superar un fuerte temporal, los marinos describieron estar navegando en un “océano de sangre”, reflejo de la luz rojiza del cielo, visible incluso entre las nubes. Se dieron cuenta que se trataba de una aurora austral, pero el verlas tan al norte de la Antártica era algo totalmente inusual. Al despejarse, el espectáculo era aún más increíble: el horizonte brillaba “como si el fuego estuviera consumiendo la Tierra” y grandes descargas en espiral cruzaban el cielo y estallaban an completo silencio. Como si fuera poco, las brújulas dejaron de funcionar.

En el continente también fueron testigos del luminoso acontecer, particularmente desde Santiago y Concepción, según consignan los Anales de la Universidad de Chile:

Como a la una y media o dos de la mañana del segundo día del presente mes de septiembre, se vio la atmósfera, hacia la parte sur de ambas ciudades, extraordinariamente alumbrada por una luz coloreada de rosado, azul y amarillo, en forma de una nube o globo de fuego fatuo, que despedía alguna llama o vapor y esparcía una claridad semejante a la de la Luna, y cuyo movimiento era contrario al de la Tierra. Este extraño fenómeno meteorológico, que permaneció visible cerca de tres horas, no dejó de alarmar bastante a la población, sin duda por ser casi enteramente desconocido en estos lugares. Pero, según todas las probabilidades, es el que, en el Hemisferio Norte, suele llamarse Aurora Boreal, y que en el nuestro se puede denominar Aurora Austral. La Aurora Boreal, aunque en el Norte de la Europa sea, según dicen, un fenómeno muy conocido, sobre todo en Suecia y Noruega, en donde hasta se le desea con frecuencia para poder continuar los trabajos ordinarios, pues casi reemplaza a la luz del Sol que, en esos países, permanece invisible cerca de seis meses. En la América no lo es, y por tanto su aparición en Santiago y Concepción ha sido un verdadero acontecimiento para sus respectivas poblaciones.

Siempre se ha dicho que la civilización humana fue muy afortunada en 1859, debido a que las comunicaciones se restringían a cables que conducían los impulsos eléctricos. Sin embargo, desde hace algunas décadas, casi todo nuestro sistema de telecomunicaciones depende de los satélites que orbitan la Tierra. En el caso de una tormenta geomagnética se ven afectados debido a las fluctuaciones del campo magnético terrestre, recibiendo una alta dosis de radiación que pueden dejarlos fuera de servicio. No olvidemos también a las misiones de la Estación Espacial, que en tal situación podrían verse en serio peligro. Han habido CME muy poderosas, pero cuya orientación las ha alejado de nosotros.

Una de las tormentas más fuertes que ha golpeado nuestro planeta en los últimos años fue en marzo de 1989, durante pleno máximo solar. El día 6 se produjo una llamarada clase X15 que saturó los detectores de los observatorios astronómicos y afectó especialmente las comunicaciones en onda corta. La CME que se generó posteriormente alcanzó la Tierra el día 13, causando alteraciones a nivel global. Una de las más notorias fue un apagón masivo en Quebec, Canadá, debido al daño sufrido por un transformador en la Central Nuclear Salem, en Nueva Jersey, EE.UU.

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Actividad geomagnética el 13 de marzo de 1989 – Metatech

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Daños en el transformador de la planta nuclear Salem, durante la CME de marzo de 1989 – PSE&G/NASA

Como vemos, nuestro maravilloso mundo tecnológico es extremadamente vulnerable ante fenómenos naturales de proporciones inimaginables. Imagínense un mundo en que durante muchas horas no se pudieran usar los GPS, celulares o radios y ni siquiera un telégrafo nos salvaría. Por una vez quedaríamos al mismo nivel del presidente de Estados Unidos aquel 24 de abril de 1989. ¿Estamos preparados?

Referencias:

Stuart Clark, 2007: “Astronomical fire: Richard Carrington and the solar flare of 1859”, Endeavour Vol.31 No.3

James L. Green y Scott Boardsen, 2005: “Duration and Extent of the Great Auroral Storm of 1859”, Advances in Space Research

Anales de la Universidad de Chile, Tomo XVI, Septiembre 1859 – “Meteorología: Aparición de una Aurora austral en Santiago y Concepción”

Enlaces:

Prensa Antártica  ¿Por qué no se advierte la Aurora Australis en la Región de Magallanes?

British Geological Survey   Compilación de magnetogramas del evento de 1859

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