La misteriosa erupción de 1808

Hoy en día, gracias al enorme avance de la tecnología, podemos estar informados de casi cualquier hecho ocurrido en alguna parte del mundo en tiempo real, eliminando las distancias que nos separan. Así, nos enteramos de terremotos, tsunamis y erupciones volcánicas en lugares que tal vez nunca imaginamos que existían. Sin embargo, era muy distinto hace 200 años, cuando las informaciones llegaban con meses de atraso, si es que se sabían, porque aún existían rincones del mundo por descubrir.

En 1816, un inusual verano con heladas, nieve, un pálido Sol y extrañas nieblas sorprendió a buena parte del hemisferio norte, arruinando cosechas, provocando hambrunas y causando el natural temor de que aquel fenómeno era una señal divina ante los pecados cometidos por el hombre. Fue tan sombrío el panorama que incluso los lúgubres días presenciados en los Alpes suizos fueron la cuna de obras maestras de la literatura de terror, como Frankenstein y Drácula, que reflejan las sensaciones vividas en la época.

Ahora sabemos que el culpable de tan insólito ambiente fue el volcán Tambora, en Indonesia, que el 10 de abril de 1815 tuvo la erupción más grande de los últimos siglos, estimándose un volumen expulsado de 150 km3 de material. A modo de comparación, la erupción más grande conocida en Chile fue la del Quizapú en 1932, curiosamente también un 10 de abril, que arrojó casi 10 km3 sobre parte importante del cono sur. Se calcula que el Tambora causó una disminución de cerca de 1°C en la temperatura global, sobre todo en el hemisferio norte, suficiente para detonar los estragos registrados en varios lugares del planeta, hecho conocido como “invierno volcánico” y que le dio a 1816 el apelativo de “el año sin verano” en los libros de historia .

¿Qué causa el enfriamiento?

Los volcanes no sólo arrojan lava y cenizas, sino que también gases, principalmente vapor de agua, componente fundamental del magma. Otro muy importante es el SO2 (dióxido de azufre), perteneciente a los llamados aerosoles volcánicos, que en cantidades muy altas y si la erupción es suficientemente potente, alcanza las capas altas de la atmósfera, donde se producen reacciones químicas con las que se transforman en agua y ácido sulfúrico, convirtiéndose en aerosoles estratosféricos. La permanencia de una película de estas sustancias por largos períodos de tiempo disminuye la radiación solar que llega a la superficie, provocando un descenso de las temperaturas, entre otros efectos, como atardeceres y amaneceres de colores intensos o la percepción de que el Sol está tras una fina niebla que disminuye su brillo. Un ejemplo reciente fue la erupción del Pinatubo en 1991 que hizo bajar las temperaturas globales en 0.5°C durante varios meses.

En esta foto se aprecia la capa de aerosoles del volcán Pinatubo sobre Sudamérica, captada el 8 de agosto de 1991 por el transbordador espacial Atlantis - STS 43 (NASA)

En esta foto se aprecia la capa de aerosoles del volcán Pinatubo sobre Sudamérica, captada el 8 de agosto de 1991 por el transbordador espacial Atlantis – STS 43 (NASA)

Se dice que todo lo que sube tiene que bajar. Los aerosoles pueden permanecer desde meses hasta años en la atmósfera, pero finalmente caen depositados sobre la superficie. Uno de los lugares donde mejor se preservan es en los glaciares, aprisionados con el tiempo por los hielos. Así como la tefra es estudiada mediante cortes en el terreno, en el hielo se extraen cilindros llamados testigos que pueden contener la información de cientos de años sobre las condiciones atmosféricas del planeta. A mayor profundidad, más nos remontamos en el tiempo.

Durante la segunda mitad de la década de los 80, varios testigos fueron extraídos tanto en puntos de Groenlandia como de la Antártica. Los análisis arrojaron que, como era de esperar, luego de 1815 se produce un aumento significativo en la concentración de SO4 en ambos sectores, relacionado a la mencionada erupción del Tambora. Sin embargo, se encontró algo inesperado: un incremento notorio algunos años antes, datándose en 1810. Lo llamativo es que no existen registros de la época que señalen alguna erupción importante, razón por la que el asunto quedó catalogado como de origen desconocido, aunque siempre sospechándose de actividad volcánica.

Concentración de sulfatos (SO4) en núcleos de hielo extraídos en la Antártica y Groenlandia. Se aprecian los máximos para la erupción del Tambora y el evento desconocido de 1808 - Dai et al (1991)

Concentración de sulfatos (SO4) en núcleos de hielo extraídos en la Antártica y Groenlandia. Se aprecian los máximos para la erupción del Tambora y el evento desconocido de 1808 – Dai et al (1991)

Para tener una idea de qué volcán pudo haber sido responsable, una primera opción lógica es mirar el registro de grandes erupciones conocidas de los siglos recientes. Evidentemente no todas han causado alteraciones meteorológicas significativas y en las fechas que se han presentado anomalías tampoco se conoce a ciencia cierta su fuente. En este sentido destacan 3 sobre el resto, todas en tiempos históricos:

535: Las crónicas relatan escasez de alimentos por pérdida de cosechas, nieve veraniega en China y un Sol pálido. Candidatos: Krakatoa (Indonesia)  y la caldera Ilopango (El Salvador), ambos con erupciones en fechas relativamente cercanas, pero la evidencia es más consistente con el segundo, siendo el más probable causante .

1257: Los registros indican una concentración de aerosoles que asciende al doble de la del Tambora. Europa presenció por algunos años nieblas que opacaban el Sol, inviernos muy crudos y veranos húmedos. Después de muchos sospechosos en diversas partes del mundo, en 2013 se anunció, gracias a la concordancia de múltiples disciplinas científicas, que el volcán Samalas, en Indonesia, experimentó una erupción  considerada la más poderosa en 7 mil años, responsable de la muerte de miles de personas.

1452-53: Se repiten las consecuencias: bajas temperaturas, hambrunas y luz solar tenue. Incluso se asocia a la caída de Constantinopla. Los estudios apuntan a una erupción de gran magnitud del Kuwae, Vanuatu, donde actualmente existe una caldera submarina.

Lista de erupciones importantes de los siglos recientes. Se destaca el suceso de 1808 - Modificada de VolcanoCafé

Lista de erupciones importantes de los siglos recientes.  Los números indican el Índice de Explosividad Volcánica (VEI) asociado.  Se destaca el suceso de 1808 – Datos de VolcanoCafé

Si se fijan bien, en la lista anterior, que no menciona el Quizapú en 1932 (VEI 5),  aparece el evento de 1808 ubicado en el trópico. ¿Cómo se sabe eso? La respuesta está dada por el hecho de que se haya encontrado una cantidad casi similar de aerosoles en hielos cercanos a ambos polos. Para que ocurra eso, la fuente debe encontrarse en latitudes bajas, cercanas al Ecuador, y así la circulación atmosférica lleve los sulfatos a ambos lugares. Una erupción más alejada tendrá un impacto marcadamente mayor sobre un hemisferio, con pocas o nulas posibilidades de afectar sobre la otra mitad del planeta.

Así pasaron los años sin tenerse más antecedentes, hasta que una investigación publicada en 2014 dio cuenta de un invaluable hallazgo: observaciones meteorológicas realizadas en Sudamérica que describen efectos similares a los ya descritos en grandes erupciones. Más aún, los autores de los relatos, muy detallados, son personas con formación científica, otorgándole una credibilidad indiscutible. La guinda de la torta es que las descripciones datan de fines de 1808, concordando con los datos obtenidos de los testigos de hielo.

Quienes dejaron los registros fueron el científico Francisco José de Caldas, director del Observatorio Astronómico de Bogotá, Colombia, entre 1805 y 1810, desde donde hizo las observaciones, y el físico José Hipólito Unanue, quien las realizó desde la zona de Chorrillos, cercana a Lima, Perú. Reproduzco a continuación los textos.

Desde el día 11 de Diciembre del año último se comenzó a observar el disco del sol desnudo de irradiación y de aquella fuerza de luz que impide mirarlo con tranquilidad y sin dolor. El color de fuego que le es natural se ha cambiado en el de plata, hasta el punto de equivocarlo muchos con la luna. Este fenómeno es muy notable al nacer, y principalmente al ponerse este astro. Cuando corre la mitad del cielo, su luz es más viva y no permite mirársele a ojo desnudo. En las cercanías del horizonte se le ha visto teñido de un color de rosa muy ligero, de un verde muy claro o de un azulado gris que se acerca al del acero. Se ha sentido generalmente por las mañanas un frío pungente y muy superior al que exigen la altura y posición geográfica de esta capital. Muchos días ha amanecido el campo cubierto de hielo, y todos hemos visto quemados los árboles y demás vegetales que por su organización son demasiado sensibles a este meteoro. Toda la bóveda del cielo se ha visto cubierta de una nube muy ligera, igualmente extendida y transparente. El azul del cielo ha tocado en los primeros grados del cianómetro, y algunos días se ha visto de un verdadero blanco. Han faltado las coronas enfáticas que se observan con tanta frecuencia alrededor del sol y de la luna cuando existen aquellas nubes que los meteorologistas conocen con el nombre de velo. Las estrellas de primera, de segunda y aun de tercera magnitud se han visto algo obscurecidas, y absolutamente han desaparecido las de cuarta y quinta, a la simple vista del observador. Este velo ha sido constante tanto de día como de noche, el tiempo ha sido seco y han reinado los vientos del Sur por intervalos, sucediéndoles calmas muy considerables. Este fenómeno se ha observado en Pasto, en Popayán, en Neiva, en Santa Marta, en Tunja y seguramente en toda la extensión del Virreinato. Nada tendría de extraño a los ojos del físico que se observase igualmente en todos los países situados dentro de los trópicos. Algunos han creído que este fenómeno es único, extraordinario y casi fuera de las leyes comunes de la naturaleza, y el vulgo sencillo lo ha tomado como indicio seguro de grandes calamidades. ¡Cuántos me han consultado y a cuántos he tenido que serenar! La tranquilidad de todos sobre un objeto que nada tiene de extraordinario, y que en todas sus partes está conforme con los principios más sanos de la verdadera física, me han obligado a llenar dos páginas de nuestro Semanario, diciendo que todo el misterio consiste en una nube extendida igualmente en la región superior de nuestra atmósfera, en algunos vapores del horizonte y en las refracciones que sufre la luz al entrar en la masa de aire. De aquí el sol lánguido y de color de plata; de aquí el rojo, el azul, el verde; de aquí el frío, los hielos y todo lo que constituye el fenómeno que ha alarmado a los espíritus débiles. Mil veces he observado la misma disposición en el cielo, y mil veces he tenido que desnudar los anteojos de los cuartos de círculo y el telescopio mismo de los vidrios opacos o de color que templan la vivacidad de la luz, para poder observar el disco del sol con claridad. Por otra parte, la historia nos conserva la memoria de semejantes meteoros. En el reinado de Felipe IV, en todo el año de 1673, el sol se vio en Colonia, en Ulma, en Heidelberg y en toda la Europa obscurecido y de color de ceniza. Los astrólogos de aquella edad, es decir, los profetas fanáticos de la suerte del género humano, anunciaron grandes cosas; el vulgo y los ignorantes temieron; los años pasaron; las cosas naturales y políticas se mantuvieron en el estado que exigían las circunstancias; el tiempo desengañó a los preocupados y manifestó que la obscuridad del sol no era otra cosa que un meteoro que no tenía más de extraordinario que el ser raro. ¿Porqué pueshemos de temer? ¿Porqué nos hemos de afligir por  unas apariencias producidas por vapores, por ilusiones de nuestros sentidos, por inflexiones de la luz y por otras mil circunstancias que se combinan, que varían, que suceden y desaparecen como el humo, sin que jamás hayan tenido funestas consecuencias?

Francisco José de Caldas

“Noticias Meteorológicas” (Semanario del Nuevo Reyno de Granada), en Eduardo Posada (Ed.), Obras de Caldas (Bogotá: Imprenta Nacional, 1912), 347–50.


A mediados del mes de Diciembre, comenzó a aparecer al S.O., entre el cerro de los Chorrillos y el mar al ponerse el Sol, un crepúsculo vespertino que iluminaba la atmósfera: lanzábase del horizonte N.S. hasta el cenit en forma de cono, brillaba con luz clara hasta las ocho de la noche en que se extinguía; y esta escena se renovaba todas las noches hasta mediados de Febrero en que desapareció.

José Hipólito Unanue

“Observaciones sobre el clima de Lima y sus influencias
en los seres organizados, en especial el hombre”, Imprenta de Sancha  (Madrid, 1815)


Un aspecto fundamental de estas crónicas es que se sitúan al mismo tiempo en ambos hemisferios, fortaleciendo la idea de que el enigmático volcán se localiza en una zona ecuatorial, posiblemente no excediendo los 10-15° de latitud.

Mapa con la ubicación de las observaciones realizadas a fines de 1808 e inicios de 1809 por Caldas e Hipólito - Guevara-Murua et al (2014)

Mapa con la ubicación de las observaciones realizadas a fines de 1808 e inicios de 1809 por Caldas e Hipólito – Guevara-Murua et al (2014)

Debido a los detalles entregados por Caldas y basándose en los tiempos de dispersión atmosférica post erupción, los científicos han acotado la fecha de ocurrencia al 4 de diciembre de 1808 +/- 7 días, es decir, un rango que va desde el 28 de noviembre al 11 de diciembre de 1808. Cuando el Krakatoa erupcionó en 1883, la niebla de aerosol fue vista en el norte de Sudamérica 7 días después, siendo un buen indicador de los tiempos de transporte. Antes mencioné que la concentración era casi similar en ambos hemisferios. Más específicamente se encontró 61% en Groenlandia y 45% en la Antártica. Hay 2 explicaciones posibles: la fecha, que hace que el material volcánico sea llevado preferentemente hacia el norte, y/o que el volcán se encuentre en una latitud tropical al norte del Ecuador.

La pregunta del millón: ¿qué volcán fue? La respuesta: No se sabe. Lo único prácticamente seguro es que no tuvo origen en Latinoamérica, puesto que tan grande erupción habría sido muy notoria, incluso considerando que se vivían tiempos políticos muy agitados. En Perú, estudios muestran ausencia de anomalías en los hielos, al contrario de lo sucedido en 1600 con el Huaynaputina, del que sí hay evidencias en los mismos lugares. Tampoco parece haber rastros conocidos en las islas Galápagos. Nuevamente es plausible que un volcán en Asia-Oceanía esté involucrado.

Se estima que la erupción de 1808 tuvo un índice de explosividad (VEI) de 6, pero otra opción es una actividad no tan violenta que haya arrojado grandes volúmenes de aerosoles a la atmósfera. En 1783, una gran nube de SO2 proveniente de Islandia, evento conocido como la “erupción de Laki”, provocó estragos en Europa, a pesar de que no fue demasiado explosiva. Volcanes tropicales de este estilo existen en África. Sin embargo, esta idea falla al considerar que los aerosoles, en épocas de enfriamiento global, son inyectados a las capas más altas de la atmósfera, efecto logrado sólo gracias a erupciones enormes, típicamente de un VEI 6-7.

Los investigadores consideran, con razón, un gran avance el descubrimiento de estos registros entre el océano de documentos dejados por los españoles. Sin ir muy lejos, hace no mucho también se encontraron archivos que mencionaban un terremoto en Chile del que no se tenía idea. Para el caso de 1808, con fechas en mano, los autores mantienen la esperanza de dar con el enigmático volcán, apuntado ahora sus miradas hacia las bitácoras de los barcos. Nunca se sabe dónde aparecerá la evidencia definitiva.

Referencias:

A. Guevara-Murua, C.A. Williams, E.J. Hendy, A.C. Rust y K.V. Cashman, 2014: “Observations of a stratospheric aerosol veil from a tropical volcanic eruption in December 1808: is this the Unknown ~ 1809 eruption?”. Climate of the Past. 10 (5): 1707–1722.

Jihong Dai, Ellen Mosley-Thompson y Lonnie G. Thompson,  1991: “Ice core evidence for an explosive tropical volcanic eruption six years preceding Tambora”. Journal of Geophysical Research: Atmospheres. 96: 17, 361–17, 366.

Enlace con información sobre inviernos volcánicos: “Volcanic Winters”, VolcanoCafé

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